La foto del día que me cambió la vida

Podría decirse que todo empezó cuando le puse punto final a El secreto sumergido, mi primera novela. Yo no sabía qué hacer, si contactar editoriales o publicar el libro por mi cuenta. Finalmente, me decidí por lo segundo (los motivos están explicados acá). Lo cierto es que en ese momento mi mujer y yo vivíamos en Australia, y viajamos a Argentina a ver a nuestras familias. Y digo nuestras, aunque ella sea de Barcelona, porque en ese mismo viaje, además de ir nosotros desde Australia, fueron mi suegra y mi cuñada desde España. Nos juntamos con ellas en Buenos Aires. A pesar de varias experiencias cercanas a la muerte a bordo de los taxis de la Ciudad de la Furia, logramos sobrevivir y viajamos los cinco rumbo a la Patagonia. Allí se produjo el encuentro, inolvidable, entre las dos familias. Pasamos unos días preciosos, realmente. Organizamos un asado-paella multitudinario, visitamos el glaciar Perito Moreno, y recorrimos todo lo recorrible en mi querido Puerto Deseado y alrededores. Pero además hubo un segundo encuentro. Uno que también me trajo alegría, pero acompañada de un montón de miedo. Me refiero a la primera vez que tuve ante mí un montón de cajas de ejemplares idénticos, todos con mi nombre en el lomo. «¿No habré mandado imprimir demasiados?» pensaba en ese momento. «No tengo tantos amigos y parientes no peleados como para enchufarles tantos libros» me repetía, mirando la montaña de cajas lo suficientemente alta como para ser un peligro para mi sobrina de dos años. «¿Irá alguien a la presentación, además de mi grupo más íntimo? ¿Qué se hace en una presentación de un libro? ¿De qué se habla?» La historia que quiero contarles hoy sucede unos días antes de esa presentación. La familia de Trini, mis padres y mi abuela habíamos ido a hacer una excursión por la Ría Deseado. La excursión es, probablemente, uno de los secretos turísticos mejor escondidos de toda la Argentina. En solo dos o tres horas a bordo de un barco, se pueden visitar islas con miles de pinguinos criando a sus polluelos, rocas donde no cabe un solo lobo marino más, avistar cinco especies de cormoranes y -mi favorito- ver toninas overas, el segundo delfín más pequeño del mundo y, sin lugar a dudas, el más bonito. En eso estábamos -con mi suegra asomando medio cuerpo fuera de borda para gritarles "guapas" a las toninas-, cuando Claudio, el capitán del barco y dueño de una de las pocas empresas de turismo del pueblo, enfila hacia el puerto y detiene el bote a unos cien metros de la costa. «Ahora estamos flotando encima de una roca muy importante, donde hace más de doscientos años se hundió la Corbeta Swift» dijo Chantal, esposa y socia de Claudio. Y entonces me señaló: «De hecho, Cristian en unos días va a presentar un libro sobre el tema». Así que, cuando Chantal terminó de explicar la historia del hundimiento y la recuperación de la corbeta, me dio la oportunidad de hablar de mi libro al resto de los que íbamos en el barco. Como más de la mitad eran de mi familia, decidí hacerla corta. No recuerdo muy bien qué le dije a la otra mitad -eran cinco humanos y un caniche-, pero seguramente terminé con algo así como «...y entonces yo agarré esta historia y le metí un asesinato, una historia de amor y la transformé en un thriller basado en hechos reales». Los pocos turistas asintieron con un gesto serio, que yo interpreté como «Muy interesante, pero volvamos que a mí ya me está empezando a agarrar frío». El caniche tampoco mostró mucho entusiasmo. Y Claudio puso rumbo a la costa. Cuando ya nos habíamos bajado todos del barco y enfilábamos para los coches, sucedió el milagro. Una señora que había hecho la excursión con nosotros, que resultó ser la dueña del caniche, se acercó y me dijo «quiero un libro». Mi reacción fue invitarla a la presentación, que sería dentro de unos pocos días, pero ella era de Río Gallegos (a más de 700 km de donde estábamos), y se volvía a su casa al día siguiente. Así que pasé al plan B y le pedí que me esperara cinco minutos. Literalmente, cinco minutos, que son los que se necesitan en Puerto Deseado para ir desde el lugar donde habíamos embarcado a mi casa, agarrar un ejemplar y volver. Mientras recorría el camino de vuelta con el libro en la mano, el corazón se me salía por la boca. No porque hubiera corrido -de hecho, fui en coche-, sino por las dudas que iban surgiendo. ¿Y si se cansó de esperar y se fue? ¿Y si no tiene cambio para pagarme? Pero no, ahí estaba la señora Sonia, esperándome con una sonrisa y su perrito en brazos. Y ahí, en la costa de mi querido Puerto Deseado, empezó todo. Ahí, hace nueve años, vendí mi primer libro. Y después de que se lo firmé a Sonia, nos sacamos esta foto:





No sé si le dije que era la primera persona que me compraba un libro. Lo que sí sé es lo que no le dije, porque en ese momento yo no tenía forma de saberlo: que un escritor recordará toda su vida la primera vez que alguien decide pagar por una de sus historias.

Por eso hoy, a ocho años de aquel momento, quiero dedicarle este texto a la señora Sonia. Sé que lo recibirá, porque sigue siendo mi lectora hasta hoy.

Gracias, Sonia, por apoyarme en aquel momento. Y gracias por enseñarme que no debo ir a ningún lado sin un par de ejemplares en la guantera :)

¡Un abrazo y hasta la próxima!

Cristian

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© 2014-2019 por Cristian Perfumo. Foto de fondo por Jorge Combina.